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Amor, vampiros y fresas con nata

“Siempre hay algo de locura en el amor. Pero también hay siempre alguna razón en la locura.”
Friedrich Nietzsche

1. EL CAFÉ

Llevaba un buen rato con la vista clavada en el número 7 impreso en su sudadera universitaria, a la altura de su —por qué no admitirlo— voluptuoso pecho. Noté que se estaba incomodando porque hizo una pausa en su conversación. Enseguida carraspeé nervioso, dije dos frases de esas que sirven para hacer creer que algo te interesa, e intenté centrarme de nuevo en su alegato sobre el novedoso método de enseñanza de la profesora no-sé-quién. Realmente la chica solo estaba intentando sacarme temas de conversación para cortar el hielo, e irónicamente pensé que la pobre tenía mucho hielo que cortar si quería encontrar algo de humano en mí.

Al acabar la clase de anatomía artística se me había acercado y, con una sonrisa tímida, me había preguntado si me apetecía tomar un café —aún me sorprendía el arrojo de las mujeres de este siglo—. Yo aún no había tomado ese día ninguna dosis de esa bebida de los dioses y decidí que iría, aunque me daba un poco igual cuál fuera la compañía. La cafeína siempre me iba bien para activar mi mente y desactivar mi constante apetito. Sí, lo sé, soy bastante desagradable, y no me explico cómo aun así pude resultarle atractivo a esta bonita chica que olía a fresas con nata. Igual mis esfuerzos por que la gente no notara mi desidia por la vida estaban dando sus frutos.

Decidí sonreírle un poco y ser todo lo más amable que yo podía ser a esas horas de la tarde, en las que solo pensaba en una buena siesta —Otra muestra de mis enormes esfuerzos por adaptarme de nuevo a horarios de persona sana y cuerda—. La chica no tenía la culpa de que yo fuera un tipo tan complicado. Mi corazón era como un armario viejo, de bisagras oxidadas y puertas atascadas. Además, con un poco de suerte, igual aún podría merendar gratis algo que mereciese la pena. Sería como un rico pastel de frutas después de meses de hambruna.

Ella seguía hablando y yo continuaba con mi mejor mirada de falso interés, eso sí, siempre a los ojos. Se me podría llamar idiota, porque la chica era realmente locuaz y encantadora, pero lo cierto es que mi cabeza estaba muy lejos de allí. El número de su sudadera me había transportado al día en que todo empezó, unos 10 años atrás.

2. EL DESCANSO DE LA MODELO

Mi mente viajó al mismo lugar, pero a principios de los ochenta. Sabía que esto ocurriría tarde o temprano, la facultad era un sitio cargado de demasiados recuerdos.

Había decidido empezar a estudiar la carrera de bellas artes, otra vez. Acostumbraba a licenciarme más o menos una vez cada década. Pintar era lo único que le daba sentido a la eternidad, me hacía sentir vivo, y el mundo del arte constantemente se nutría de nuevas técnicas, estilos y materiales que hacían un poco menos aburrida mi existencia.

Recuerdo que llevaba la chupa de cuero desgastada de mi semidifunto amigo el motorista enamorado del Rock & Roll —prometo contar alguna vez esta rocambolesca historia—, una de mis múltiples camisetas negras y mi look más siniestro, la mayoría de veces conseguido sin quererlo. Es lo que tenemos los de mi especie, estamos cargados de algo así como un morbo siniestro que, las cosas como son, favorece bastante nuestra incómoda manera de alimentarnos.

Me venía fenomenal ese aspecto físico poco amigable pues prefería tener el menor contacto posible con nadie, aunque en aquellos tiempos la gente ya no se asustaba de nada. Había ciertos personajes punk en el aula cuyas pintas hacían que yo a su lado pareciera un catequista. La cuestión era que resultaba recomendable pasar desapercibido si quería volver a aparecer por allí varias décadas seguidas con mi juventud congelada.

La joven desnuda a la que estábamos esbozando en nuestros caballetes nos acababa de pedir disculpas y había salido un momento a descansar. Muchos aprovechaban para charlar, otros para afilar lápices… Yo decidí encenderme un cigarrillo mientras esperaba y entonces tuve la desgracia de conocerla.

Estaba sentada en el suelo, al lado de la puerta del aula y casi sin levantar la cabeza del libro que estaba leyendo, me dijo con voz insinuante:

—¿Me das fuego, chico misterioso?

Saqué el mechero del bolsillo y ella estiró un brazo abriendo la palma de la mano para que se lo pasara. Cuando se lo di cerró la mano intencionadamente, manteniéndome atrapado más rato del socialmente correcto. Me analizó con sus exóticos ojos rasgados, mirándome descaradamente por encima de sus gafas de sol redondas. Finalmente puso una sonrisa suspicaz y, en voz baja para que solo pudiera oírla yo, dijo:

—Ya sabía yo que eras un siete, pero tienes curiosos matices de veintinueve. Eres un extraño ejemplar.

No entendí nada, pero al tocar sus dedos helados, una chispa me conectó directamente con sus circuitos. Cada día, durante el tiempo que duró nuestra extraña relación, me volví más dependiente de su electricidad. Y cuando más conectados estábamos, sin explicación alguna, despareció dejándome totalmente roto por dentro. La soledad que hasta entonces había sido mi refugio, se convirtió en una losa que me oprimía el pecho y me impedía respirar.

3. EL GRAFITI

10 años después, a principios de los noventa, seguía intentando volver a tomar las riendas de mi vida después de que Lía derrumbara los muros de contención que mantenían a raya mi locura.

Entretener a mi mente entre óleos y pinceles, desfogando mi alma atormentada en el arte, era algo que siempre me había funcionado.

Llovía y el bus iba lleno hasta los topes. Suerte que había podido hacerme un hueco de pie al lado de una ventana, los viajes mirando la calle siempre eran más agradables. Una pena que los cristales estuvieran empañados y casi no se pudiera ver fuera.

Volvía a casa después de un día de clase y un par de horas en la cafetería. Casi como una persona normal, si obviamos lo del bocadito inocente en el cuello de la señorita Fresas con nata, disfrazado de arrebato de pasión en los baños del campus. Tendría que ir despidiéndome de esta fea costumbre de picar entre horas.

Estaba contento porque sentía que las cosas empezarían a irme bien muy pronto. Por fin lo estaba superando, solo me había costado una década de búsqueda obsesiva de Lía y haber deseado la muerte en cada amanecer. Pero gracias a haber tocado fondo había sido capaz de encontrar la solución a todos mis problemas y esa misma noche, cuando la luna llena tocase la parte más alta del cielo, todo habría acabado. Ya no había vuelta atrás.

El bus frenó de forma brusca en un semáforo. Los días de lluvia el tráfico siempre es más impaciente. El frenazo me sacó de mis pensamientos y miré distraídamente por la ventana.

Íbamos por una estrecha calle del casco antiguo y las paredes del viejo edificio que quedaba delante de mi ventana estaban totalmente cubiertas de grafitis. Al lado del dibujo realista de unos labios rojos que mordían una fresa —qué curiosa casualidad—habían escrito, con letra desganada, un breve texto que hizo que unas náuseas insoportables empujaran hacia fuera una bocanada de la sangre recién ingerida.

4. INTELIGENCIA VIPERINA

Antes de que los pasajeros se dieran cuenta del escandaloso desastre que había liado en el suelo del autobús, me abrí paso entre la gente tapándome la boca con la mano, y salté por las puertas traseras que de milagro aún estaban abiertas.

Llovía a mares, el agua que me caía por la cara no me dejaba ver con claridad y otra oleada de vómito amenazaba con salir.

Me encontraba plantado delante de la pared pintada, sin dar crédito a lo que estaba viendo:

“¿Ya has dejado de buscarme 10-29?”

No cabía duda, aquello era obra de la retorcida mente de Lía. Una parte de mí seguía enganchada a aquella mujer como si se tratara de la droga más dura, y la otra luchaba por evitar volver a caer en sus peligrosas redes y más ahora que todo iba a cambiar.

Me metí en uno de los oscuros callejones cercanos y vomité hasta la última gota de sangre que me quedaba en el estómago. Era algo que no me había sucedido jamás, pero estaba convencido de que la impresión de ver una señal de la mujer que me había vuelto loco de amor debía ser la culpable.

Me limpié como pude la boca y, en cuanto me recuperé del shock, miré hacia ambos lados de la calle para situarme. Una enfermiza curiosidad me hizo peinar todas las calles cercanas al grafiti, en busca de alguna pista más.

¿Por qué tenía que haber visto ese mensaje precisamente ese día? Era demasiada casualidad tratándose de su viperina inteligencia, ella sabía algo. Pero, después de 10 años de desintoxicación ¿de verdad quería volver a verla?

No pude encontrar nada. Acabé calado hasta los huesos, agotado y enfadado conmigo mismo. Creía que lo había superado, pero el frenesí en el que había entrado al ver aquel mensaje, me acababa de dejar claro que seguía muy colgado de Lía.

Empecé a caminar hacia casa, estaba anocheciendo y eso siempre hacía que me sintiese más cómodo. Instintivamente fui buscando las calles más oscuras y decidí volver dando un paseo confiando en que se me pasara el malestar. Había dejado de llover y las terrazas de los bares empezaban a llenarse de gente ansiosa por disfrutar de la recién llegada primavera.

Dos jóvenes salían riendo cómplices de un concurrido local. Iban cogidos de la mano, se les veía enamorados. Cruzaron la calle delante de mí, dando divertidos saltitos, evitando pisar los charcos de la reciente lluvia. No pude evitar que aquella pareja me evocara otro amargo recuerdo.

5. LA TERRAZA OLVIDADA

Lía era una chica con mucho carácter, pero menuda y de aspecto delicado —un cebo perfecto para sus confiadas presas que la creían una frágil flor de té, cuando ella era más bien una peligrosa flor carnívora—. La rodeaba un aura de misterio, jamás me habló de su pasado, pero las pinceladas que pude entrever eran de turbios colores. Tenía claros rasgos asiáticos que ella enfatizaba aún más con su maquillaje y su oscura melena natural, lisa y recta. Vestía siempre moderna e informal, pero resultaba tremendamente sexi aun sin pretenderlo.

Enseguida supimos que éramos de la misma especie y que nos gustábamos a rabiar. Tantos años en este mundo te hacen saltarte muchos pasos.

Teníamos horarios parecidos y empezamos a forzar nuestros encuentros en los descansos entre clases, hasta que un día decidimos pasar de todo e irnos a charlar a la azotea. Nos colamos por pasillos prohibidos, que inexplicablemente ella conocía muy bien, y después de subir unas destartaladas escaleras de caracol, aparecimos en una diminuta terraza olvidada. Pasamos la tarde contándonos nuestras vidas sentados con los pies colgando al vacío. Éramos dos almas perdidas ansiosas por sentirse comprendidas, o al menos, así lo sentía yo.

Ella me escuchaba con su cabeza apoyada en mi hombro. Hacía mucho tiempo que no dejaba a nadie acercarse a mí de esa forma, pero ella lo hacía todo tan natural que me dejé llevar encantado.

Desempolvé recuerdos muy íntimos que quizá no debí contarle tan pronto. Le hablé de mi solitaria vida y de las ganas que tenía de conocer a una igual que no se comportase solo como un animal.

Me quejé de lo efímero de la vida humana y de lo eterno de la nuestra. Sin quererlo fui quebrando mi coraza de tipo duro y dejé mi corazón totalmente desnudo en sus pequeñas manos.

Ella me habló de su pasión por el cine, de su reciente mudanza desde Kioto y de lo fríos que eran los japoneses en comparación a la cálida gente mediterránea. Y finalmente me habló de la sinestesia.

Aunque sonaba como un trastorno o enfermedad, me explicó que no era más que una forma diferente, e incluso más completa, de percibir las cosas. Me dijo que algunas personas ven letras en determinados colores, aunque estén impresas en negro; o relacionan el sonido del violín con el azul y el de la guitarra con el naranja, por ejemplo. Resultó que ella tenía todo un elaborado código numérico para catalogar las esencias de las personas. Tenía la perversa manía de numerar a cada una de sus víctimas antes de devorarlas y disfrutaba como una niña descubriendo nuevos matices y raras combinaciones.

El sol caía lentamente y cada vez estábamos más encaprichados el uno con el otro.

Cuando cayó el último rayo anaranjado del ocaso, ella se apartó las gafas de sol redondas con las que siempre cubría sus ojos, me guiñó uno de ellos y me dijo:

—Tengo hambre, te invito a cenar.

6. SALTANDO CHARCOS

Sin dejarme decir nada, me cogió de la mano y me condujo, a través de los tejados, hasta una zona del centro de la ciudad que no tenía muy buena fama. Últimamente los locales de copas que antes solo ofrecían alcohol estaban convirtiéndose en paraísos de la drogadicción. Cada vez más jóvenes acababan totalmente enganchados o incluso muertos por sobredosis en algún rincón de aquel barrio.

Entonces comprendí las intenciones de Lía y confirmé mis sospechas de que ella no estaba llevando mi misma dieta.

Yo estaba secretamente obsesionado por parecer lo más humano posible y luchaba constantemente contra mis instintos más primitivos. Sabía por experiencia que, si quería echar raíces en un sitio, no podía comerme a mis vecinos, así de simple. Eso me había llevado a alimentarme solo de sangre sintética y muy esporádicamente, en algún viaje, me daba un capricho. Cosa de la que me arrepentía durante largo tiempo, pues tardaba días en volver a acostumbrarme a ese insípido sucedáneo.

Pude ver cómo la mirada pícara de Lía se volvía felina y su expresión corporal recordaba a la de una gata acechando a un inocente gorrión.

—Un 16, mi favorito, ¡qué suerte la nuestra! — Y diciendo esto, se abalanzó sobre el cuello de una solitaria chica que debía de ser muy joven debajo de ese maquillaje corrido, esas medias rotas y ese tremendo colocón.

Lía no era tonta y al ver que no la había seguido se dio cuenta enseguida de que yo no consumía sangre fresca.

Volvió de un salto a mi lado y fue tan rápida como malintencionada. Sabía que me tenía embrujado. No le costó nada aprisionarme contra la pared y, con la boca sucia de la deliciosa sangre aderezada con heroína de aquella chica, me dio un húmedo y ardiente beso. Todavía explotan todos mis sentidos a la vez al recordarlo.

La suavidad de sus labios, su olor a veneno dulce y su saliva mezclada con ese néctar adulterado, despertaron a mi salvaje bestia interior que llevaba dormida y amordazada muchos años.

Acabamos la noche besándonos en cada esquina, borrachos de lujuria. Y el amanecer nos sorprendió corriendo por aquellas calles de perdición, saltando sobre los charcos de sangre que manaban de nuestra colección de víctimas y buscando con urgencia un lugar donde devorar nuestros cuerpos desnudos.

7. LA CENA

Aterricé de nuevo en la realidad de los noventa e intenté volver a encerrar aquellos recuerdos junto a mi rebelde bestia interior. Nada iba a quebrar mi decisión de perder la inmortalidad.

Había reunido todo mi dinero y le había encargado a un extravagante brujo, del que había oído maravillas, un hechizo que retiraba la inmortalidad a los desgraciados que ya no la veíamos una ventaja. Me había prometido que esa noche, cuando la luna llegase a su cénit, volvería a ser un humano más y la vida me daría una segunda oportunidad para morir en paz.

Harto ya de perder el tiempo caminando por las calles, pretendiendo ser el mortal que aún no era, pensé que ya había oscurecido lo suficiente como para subirme a los tejados de las casas y atajar así rápidamente, varias manzanas hasta mi casa. Necesitaba relajarme un poco antes del cambio.

Salté varias galerías interiores y, cuando estaba tomando impulso para salvar la distancia de un estrecho callejón que separaba dos fincas viejas, la vi a través de la ventana de su cocina.

Era la que había sido mi merienda, la señorita Fresas con nata, que estaba preparando su cena mientras canturreaba alegre. Cada viaje al fregadero para limpiar unas verduras lo hacía bailando de una forma muy divertida, se la veía feliz. ¿Cómo podía ser tan idiota y no haberle hecho más caso? Era una chica preciosa de mejillas sonrosadas, sana y sin complicaciones paranormales, justo lo que yo necesitaba ahora.

Iba vestida solo con una camiseta enorme, que a duras penas le tapaba la ropa interior, y totalmente descalza. Llevaba el pelo recogido en un improvisado moño que dejaba a la vista su sugerente y marcado cuello. Mea culpa.

No pude evitar quedarme a observarla un rato más. Esa chica encarnaba lo que yo quería para mi nueva vida. Así que ya estaba decidido, a partir de la mañana siguiente, haría todo lo posible por conocerla de verdad.

Como si hubiera podido oír mis pensamientos, dejó de bailar, pasó suavemente las yemas de los dedos por la herida que yo le había hecho y sonrió.

Entonces un bebé con un chupete en la boca, asomó por la puerta arrastrando un peluche por el suelo y con una tierna voz, dijo:

—Mami, tengo hambre.

La chica enseguida se acercó y le cogió en brazos, dándole un sonoro beso.

Aquella escena tan pura me hizo comprenderlo todo. La razón de mi locura no era la añoranza de un amor tóxico, sino la apremiante falta de un amor verdadero.

De pronto noté una presencia a mi espalda. Aún sin darme la vuelta supe que era Lía. Como si hubieran pasado 10 minutos y no 10 años de ausencia, se acercó, colocó su cabeza en mi hombro como solía hacer y, en un sibilino susurro, dijo:

—Tú decides, o la compartimos como tu cena de despedida o me la dejas para mí. Sabes que nunca puedo resistirme a un 16.

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