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A todo el mundo nos gusta la fruta dulce, madura, jugosa.

A veces, nos cuesta decidirnos por nuestra pieza favorita; depende de la estación del año, de la sed o del hambre del momento.

Pero… ¿por qué elegir cuando podemos disfrutar de una buena macedonia?

Una cuidada selección de frutas de temporada, en su punto y preparada con esmero, nos puede llevar a viajar, en un solo bocado, de lo tierno a lo turgente, y del sabor más ácido al más acaramelado.

AZUL

Pau se sentía de un azul profundo, marino, casi negro. ¿No dicen que el color azul es el de la tristeza?

No podía evitar pensar que, aquella tediosa tarde de agosto, no merecía estar tan solo. Debería estar haciendo la siesta, tumbado al lado de la mujer que le robaba el sentido. La brisa suave de las aspas del ventilador de techo debería deslizarse sobre sus cuerpos semi desnudos, mecidos en un trance de felicidad absoluta entre caricias y besos perezosos.

Pero no. No volvería a tener nada de eso nunca más.

Pau había estado liado con Marta, durante más de medio año, y ella acababa de abandonarlo sin piedad. Le había dejado el alma destrozada y la autoestima por los suelos.

Él había sido su juguete. Un chico 15 años más joven que ella, atento, sensible y predispuesto a enamorarse sin restricciones, debido quizá a su perenne falta de cariño. Al principio ambos disfrutaban del morbo de ser amantes a espaldas del esposo de Marta. Ella rejuvenecía con cada encuentro y él iba perdiendo la noción de la realidad. Todo acabó como suelen acabar estas cosas: una vez superada la crisis de los “taytantos” de ella, le dijo adiós a su tierno yogurín, y regresó a la hormada cama de su chalet unifamiliar con piscina. Marta había comprendido que ya no estaba hecha para fogosas visitas clandestinas a “pisuchos” compartidos, mientras que él hubiera sido capaz de dormir arriba del palo de un gallinero, solo por estar con ella… y sentirse querido.

Para colmo, el trabajo de Pau era una basura. Encarnaba al eterno becario que se comía todo el trabajo sucio, a cambio de un sueldo mísero. Aunque su familia le insistía en que se volviera al pueblo y abandonara sus sueños de grandeza en la capital, él no quería rendirse. Estaba seguro de que algún día le dejarían llevar su propia campaña y que esta pegaría “el pelotazo”. Había estudiado publicidad, y le gustaba lo que hacía, aunque su verdadera pasión era la música. Cuando estaba melancólico vivía enganchado a su guitarra eléctrica, y le lloraba a su mierda de vida a través de lastimeras baladas de blues.

Sus precarios ingresos le permitían vivir en un apartamento bastante decente y céntrico, eso sí, compartido junto con otras dos personas. La propietaria era Noa, una chica con la que compartía una perfecta química desde el día en que se conocieron, a través de unos amigos comunes. Su convivencia era perfecta, sin embargo, ambos habían quedado hasta el gorro de su tercer compañero, Agustín. Cuando le entrevistaron para decidir si le “adoptaban” como compañero de piso, les cameló con su gracioso acento sureño, pero resultó ser un mal pagador y un auténtico desastre.

ROSA

Noa sabía que la vida no era de color de rosa.

En la habitación de al lado de la de Pau, ella acababa de pegarse un atracón de la fruta de la pasión de su ligue de la noche anterior. Aquella chica delgaducha, no significaba más que un buen rato, pero una copa había llevado a la otra, y habían acabado en su cama, jadeando a ritmo de blues.

Noa sabía que Pau estaba tocando fondo por la reciente ruptura con la desgraciada de Marta, pues cuanto más se dedicaba a su guitarra, más jodido estaba. Se forzaría a una charla de cortesía con su partenaire de lujuria vespertina, que duraría poco más del rato que tardara en fumarse un cigarro y, en cuanto pudiera, llamaría a la puerta de al lado y tendría una de sus charlas motivadoras con Pau. Sabía que la necesitaba.

Ella no se dejaba machacar por nadie. Había tenido que luchar mucho para llegar a su punto de estabilidad en la vida. Estaba convencida de que nadie merecía padecer por amor, y hacía tiempo que había advertido a su amigo de que las intenciones de la tal Marta no pintaban bien.

Noa era repartidora de una famosa empresa de paquetería, la única mujer de la zona. Había estudiado turismo, pero jamás había podido dedicarse a nada relacionado. Le ofrecieron este empleo y resultó ser una trabajadora incansable, con un tremendo don de gentes, y con una presencia que quitaba el hipo. Era una morenaza de pelo largo y ojos negros, de mirada espabilada. No había un compañero que no le hubiera tirado los trastos, pero uno a uno, fue cerrando bocas, dejando bien claro que a ella solo le gustaban las mujeres.

Su infancia había sido perfecta y su adolescencia un lío: la antesala de una juventud que estaba siendo gloriosa. No le faltaban aventuras y no tenía ninguna intención de enamorarse de nadie.

A modo de ahorro, había comprado su soleado piso con terraza en la calle de Las Barcas. Vivió un año sola, pero después de la crisis que asoló a todo el país, no tuvo más remedio que alquilar dos habitaciones para poder pagar las cuotas de la hipoteca, y llegar a fin de mes.

Una amiga le presentó a Pau como candidato a inquilino y encajaron a la primera. Poco a poco se fueron cogiendo confianza y, como ambos tenían claro que lo suyo solo iba a ser una amistad, pasaron rápido de tensiones estúpidas, y se convirtieron en un matrimonio sin sexo, perfecto. Su relación no tenía fugas. Eran libres, se respetaban, se querían, se comprendían, y se tenían el uno al otro, como constantes asideros en sus vidas.

NEGRO

Habían llegado a ver muy negro lo de encontrar al tercer compañero de piso. Desde que le dijeron un aliviado bye bye al cerdo de Agustín, se habían entrevistado con muchas personas, pero la que no tenía pinta de fiestera empedernida, la tenía de muermo total…

Y aunque no tenían ni pizca de ganas, en menos de una hora, tenían la vigésimo octava cita con alguien que les había contactado por un anuncio en internet.

AMARILLO

Dani había llegado aquella mañana por primera vez a la ciudad. Apareció en el aeropuerto después de muchas horas de viaje, cargada con una maleta de flores de colores llenita de optimismo.

Le encantaron las adoquinadas calles del casco antiguo y sus blancas casas de estilo mediterráneo. Como el sol era mucho más fuerte que en su tierra, se compró unas gafas de sol de color amarillo limón y cristales de espejo. Y como el calor húmedo de la capital costera era muy distinto al de su norte natal, se metió en el baño del chiringuito de la playa y se despojó de toda la ropa que pudo. Se quedó con un sencillo vestido blanco de algodón, muy ligero, y las braguitas de su bikini de lunares rojos.

Se zampó con gusto un bocadillo de calamares mirando al mar, y solo Dios sabe cuánto trató de contener las ganas de bañarse en él. No era plan de aparecer toda mojada ante los chicos que iban a decidir si le alquilaban una habitación. Pero Dani no era de las que saben contenerse.

CARMÍN

Mientras subía en el ascensor, hacia la entrevista, se pintó los labios de carmín. Se miró en el espejo para revisar su aspecto después de la playa. Sabía que ese color la favorecía y, con una risa interna, pensó que era lo mínimo que podía hacer por arreglar un poco su imagen.

Noa había dejado la puerta del piso entreabierta, y cuando oyó que el ascensor se cerraba, invitó a pasar a la visita, directamente a la terraza, con un: «¡Pasa, estamos aquí, la primera puerta de la derecha!». Estaba a la fresca, tomando té helado con Pau mientras esperaban (sin ninguna gana) a su enésima candidata.

Cuando Dani entró, Noa casi se atraganta con un hielo que estaba mordiendo ociosa, y Pau abrió sus ojos azules de par en par. Aquella chica era una preciosidad, pero no una belleza impersonal de revista de moda, sino una especie de golosina que pedía a gritos ser mordida.

Era una tarde especialmente calurosa y tenían unas rodajas de sandía fresca cortada en un plato. Le ofrecieron asiento, y que se sirviese lo que le apeteciera, así que ella no dudó un instante en comer a bocados un pedazo de la refrescante fruta.

Dani le preguntó su nombre, de dónde venía, y algo más. Ella lo respondía todo con una preciosa sonrisa, y una forma de hablar muy amena, pero él no fue capaz de atender a nada más que a aquella gota de jugo de sandía que bajaba por su escote. Ella les contaba que debía mudarse a la ciudad, pues controlaba no-sé-cuántos idiomas, y le había salido trabajo hasta octubre, en la recepción de uno de los mejores hoteles.

La gota viajaba hacia debajo del vestido y fundía su color rojo con la tela blanca, todavía mojada de agua del mar. Él no quería, no era de esa clase de hombres, pero su mirada se colaba entre el tejido empapado y el dibujo explícito de sus pechos erguidos.

Noa le había cogido el testigo a su amigo y le preguntaba sobre si después de octubre pensaba seguir en la ciudad, o si su idea era marcharse al acabar su contrato laboral.

Necesitó morder otro hielo porque cada vez sentía más calor. La chica era un verdadero bombón. Llevaba el pelo de color chocolate, recogido en un gracioso moño mojado en lo alto de la cabeza, del que caían simpáticos mechones cuello abajo. Su vestido insinuaba curvas prohibidas y aquellos labios rojos la hipnotizaban a cada mordisco de la jugosa fruta.

VIOLETA

Sobra decir que esa misma noche su maleta de flores ya estaba acomodada en la habitación de Agustín y, para celebrarlo, habían pedido unas pizzas para cenar.

Hay veces que los astros se alinean y hacen realidad los deseos de las personas.

Dani llevaba instalada ya un par de semanas y nunca les había hablado de ninguna pareja anterior… ni actual. Noa deseaba una pista de sus inclinaciones, pues se moría por “tirarle la caña”, pero esperaba por prudencia. Sabía que Pau estaba muy encaprichado también con la bonita chica nueva. Eran muy amigos, nunca habían tenido secretos entre ellos, y no estaban dispuestos a tenerlos por nada ni por nadie; por eso llevaban unos días, la mar de divertidos, con un cachondo pique a ver quién la conquistaría primero.

Resultó que Dani era la sal y la pimienta que necesitaba en su vida Noa. A la vez que también era luz, alegría y frescura para la melancólica alma de Pau.

BLANCO Y NEGRO

La llevaron a conocer la ciudad, de día y de noche. Los tres se emborracharon, rieron como adolescentes, y se bañaron desnudos de madrugada en el mar.

Eran como tres aparatos eléctricos que no podían funcionar sin la energía que cada uno aportaba. La luz azul de Pau añadía la melodía, la luz cálida de Noa funcionaba de base, y la bola de luces de discoteca de la vitalidad de Dani era el ritmo que daba sentido a todo.

Y es que las cosas no son ni blancas ni negras. No todo responde a esa dualidad extrema, sino que el mundo se pinta con un sinfín de degradados grises y así resultó su historia. Como un cuadro cubista que fragmenta la realidad y la dispone al gusto de la mente del pintor.

MULTICOLOR

Una mañana de domingo, en la que los tres tenían un rato libre para desayunar juntos, acabaron comiéndose hasta sus cuerpos. No hicieron falta palabras, ni confesiones, y las barreras de los convencionalismos cayeron al primer roce de sus pieles hambrientas.

La naturaleza de sus cuerpos se fundió en un magnífico triángulo equilátero. Sus líneas se transformaban de curvas a rectas, encajaban, divergían y volvían a encajar. La geometría de su pasión tenía ángulos imposibles, y tangentes infinitas.

Y así llevan más de tres años, felices y unidos, con una relación que navega a toda vela, en un maravilloso océano multicolor.

 

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