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Me pierdo en el tiempo

Español | Relatos

No eran buenos tiempos para mí. Tenía el corazón confundido y tan solo diecisiete años lidiando con mis demonios. Pasaba horas encerrado en mi habitación, como únicos confidentes: la guitarra y el ordenador. Mi refugio era la música.

La noche anterior, durante un sueño, tuve un ataque de inspiración. No quería que se me olvidase nada. Agarré el bloc de notas y garabateé las frases del estribillo que me daba vueltas por la cabeza:

«No sé quién soy,
no encuentro mi lugar.
Me pierdo en el tiempo…»

—¡Dani! —La voz de mi padre rompió toda la magia—. Nos vamos a Talma a recoger las cosas de casa del abuelo.

—¿En serio? —gruñí yo—. Menudo planazo… ¿No puedo quedarme en casa, papá?

—Lo siento, no cuela. Nos vamos todos. Hemos puesto a la venta la casa y debemos vaciar el desván.

—¿Y?

—¡Ay, no seas tan gruñón, Daniel! Te sentará bien salir de tu cueva. Además, necesito que me ayudes con las cajas de trastos viejos.

—Está bien… Pero prométeme que no dejaréis cantar a Marta en el coche. No aguantaré ese infierno durante tres horas…

—Prometido. Voy a por la cinta americana para precintarle la boca a tu hermana.

Vivíamos en Ontuelos, a unos tres cientos kilómetros de la costa, donde mi excéntrico abuelo había cumplido el capricho de mudarse sus últimos años de vida. El corazón le dio un achuchón el verano de 2017 y, en poco menos de dos años, se le acabó de romper del todo.

Me acomodé en el asiento, y, en cuanto Martita empezó a tararear la primera canción de la radio del coche, me coloqué mis auriculares y subí a tope el volumen.

El trastero estaba repleto de cajas con antiguallas familiares y chorradas sin valor. Subí a ayudar a mi padre a bajar los bultos. Yo quería acabar con aquello cuanto antes y volver a casa, pero él tenía otros planes: abrir cada caja y revisar, con cara de añoranza, su contenido. Así que me senté en el suelo a esperar a que se decidiera sobre qué quería conservar y qué tirar.

—¡Mira Dani! Igual esto te va bien para «tus cosas». —Me acerqué a regañadientes. Era la veinteava vez que me enseñaba alguna «moñada»—. Es una grabadora antigua. Toma.

Me pasó un baúl, cubierto de polvo, que cogí con cara de asco. Lo abrí. Dentro había un cacharro viejo de esos de casete y unas cuantas cintas. A punto estuve de dejarlo en el montón de la basura, cuando me llamó la atención el título anotado en boli sobre la primera de las cintas:

«Me pierdo en el tiempo».

Vaya una casualidad…

Intenté ponerla en marcha, pero no tenía pilas.

Habían pasado unos días desde nuestro viaje a Talma. El pequeño baúl yacía sepultado por un montón de ropa sucia, cuando encontré unas pilas perdidas en un cajón. Sin confianza en que aquel trasto funcionase, se las coloqué, metí el casete y le di al botón de «play».

Los acordes de una guitarra acústica llenaron la habitación, era una grabación casera de bastante calidad. Un breve silencio dio paso a su voz. Jamás olvidaré la primera vez que la oí.

Sentí cómo su timbre iba directo a mi alma, demasiado íntimo. Me dio impresión, me hizo sentir desnudo, y la pausé. Le conecté mis auriculares y me tumbé en la cama para disfrutar cada matiz en soledad. Era un chico que parecía joven. Cantaba suave como una caricia, pero rasgaba los finales de cada estrofa quebrando sentimientos. La letra hablaba de no encontrar tu identidad, no encajar y sentirse solo. Parecían palabras extraídas de mis propias pesadillas, pero lo que me puso el vello de punta fue el estribillo. Decía exactamente:

«No sé quién soy,
no encuentro mi lugar.
Me pierdo en el tiempo»

Demasiada casualidad. Era la letra que se reproducía en bucle en mi cabeza desde aquel sueño. Corrí a internet y la copié en el buscador por si era algún tema famoso de esos que no recuerdas que conoces, pero no apareció nada.

La volví a escuchar, con el mismo efecto de invasión a mis entrañas, unas diez veces más. Solo estaba esa canción grabada y acababa de forma brusca, como si le faltara una última estrofa final.

Después un silencio sostenido, demasiado triste por la ausencia de aquella hermosa voz.

Conecté el trasto a mi P.C. y digitalicé la grabación. Era una obra preciosa, con la autenticidad que tiene lo casero, lo que se hace solo para uno mismo. Pero me turbaba que no tuviera un final, necesitaba concluirla, así que saqué mi guitarra y traté de reproducir las mismas notas. Ensayé toda la tarde hasta extraer la partitura. En unas horas di con un final más o menos digno. Cogí la grabadora y le di al botón de «rec» para grabarme. Después lo descargaría en mi ordenador y de esa forma obtendría un sonido similar al original.

Sumido en pleno éxtasis de mi interpretación, irrumpió mi fastidiosa hermana pequeña, sin respeto alguno.

—¿Qué haces, Dani? —preguntó ella con su irritante voz infantil.

—¡Nada que te importe, enana! ¿No sabes llamar?

—Mamá dice que bajes a cenar… ¿Qué es eso? —Se acercó al aparato que seguía grabando—. Da vueltas…

—Algo que, como toques, no vives ni para cumplir los diez.

Al final del día siguiente me volví a colocar los cascos para ver qué tal había quedado la composición antes de digitalizarla. Rebobiné la cinta al punto donde empezaba a sonar mi propia guitarra, y no funcionaba nada mal. Casi al final apareció la voz de mi hermana y la mía riñéndola por haber entrado sin llamar. La grabación paró, y, cuando debía aparecer el silencio, la misma voz que cantaba al principio del casete, dijo:

—¿Cómo te has hecho con mi cinta, Daniel? No sé cuándo la has cogido, pero eso que has grabado es justo el final que buscaba… ¡Es brutal, tío!

Me quedé roto. ¿Cómo era posible que aquella voz se dirigiese a mí? Debía ser otra puñetera casualidad. Pensé que quizá aquella locución ya estaba allí y el día anterior no había llegado a escucharla. Pero hablaba sobre mi propio final y decía mi nombre… Todo era demasiado extraño para comprenderlo.

Volqué en el ordenador la grabación, pero faltaban un par de acordes, así que decidí repetir la «toma», y, esta vez, para evitar confusiones dije en voz alta la fecha antes de tocar las cuerdas de la guitarra. Acabé y bajé a cenar.

Cuando subí fui directo a echar un vistazo a mi nueva grabación y me volví a quedar de piedra.

—Daniel, no sé cómo te puedes colar en mi cinta, pero estás un poco rayado… Estamos en 2014 y no en el 19… ¿Tú también me oyes?

¡Aquello era de locos! Debía haber una explicación lógica. Rollos de electromagnetismo o interferencias o vete tú a saber… Todo eso era más creíble que asumir que estaba conversando con alguien cinco años atrás en el tiempo.

—Hoy es 17 de octubre de 2019, flipado…

—Oye, ¿has fumado algo?

—No tío, pero no sé si tengo fiebre y estoy delirando… Estamos hablando a través de una grabadora del año de la tos.

—Esto es imposible… Pero en cuanto le doy a «stop» veo cómo el botón de «rec» se hunde y la cinta avanza mientras tú grabas…

—¡«Same», tío!

Sí, lo que estaba pasando escapaba a toda lógica y establecimos el pacto implícito de no comentarlo con nadie, a riesgo de ser internados en un manicomio.

Superado el «shock» inicial, nos presentamos cada uno como era debido. Su nombre era Marc, tenía diecisiete años y vivía en la que después sería la casa de mi abuelo y en la misma fecha que yo, pero en 2014.

—¡Eso quiere decir que ahora mismo tendrás veintidós tacos!

—Si estoy vivo, sí.

—¡Joder, no seas burro! ¡Qué acojono estar hablando con un fantasma!

—Pues mira que con un «alien» del futuro…

Desde aquel día empezamos a llamarnos así, Fantasma y «Alien», y durante ocho meses construimos una amistad que superaba las barreras del tiempo y también toda lógica.

Charlábamos por las tardes, al volver de clase, y seguíamos después de la cena, hasta que el ruido ambiental de nuestras casas dejaba de arropar nuestras risas.

Juntos acabamos de dar forma a la canción, e incluso uní nuestras voces con el «sound mixer». Parecía que los graves de Marc estaban hechos para complementar mis agudos. Nuestras voces empastaban a la perfección, al igual que el resto de nuestro ser.

Pronto tuvimos la curiosidad de vernos, de hablar por teléfono en el presente, de buscarnos en redes; pero prometimos no hacer nada de aquello por si se rompía aquel hechizo. Quién sabe dónde estaría Marc en 2019… Igual ya había olvidado aquella locura.

—¿Bueno, y a ti te mola alguien?

—¡Qué va! Yo paso de rollos. ¿Y a ti? Seguro que la pava más «buenorra» de tu «insti»… Las debes tener locas con tus canciones.

—Por ahí no vas bien, «Alien». Por desgracia a mí el que me pone es el novio de la «buenorra», y me temo que me voy a quedar a dos velas…

—Lo siento tío, no sabía que…

—No te preocupes, la mayoría no sabe que soy gay, yo mismo no lo tenía claro hasta hace muy poco.

Entonces yo solo callé, y no hay día en el que no me arrepienta de ello. Pero ya dije que no eran buenos tiempos para mí. Aún no había encontrado mi lugar.

Aparcamos aquella conversación en un segundo plano. Él hizo como si jamás hubiera ocurrido, por miedo a asustarme con su confesión, y yo porque cada día albergaba sentimientos más intensos por aquel fantasma de voz sexi, y estaba aterrado.

La magia había superado ocho meses de embrujo y varios cambios de pilas a la grabadora encantada, pero cada día que pasaba sabíamos que tentábamos más a la suerte, y nos invadió el temor a que aquello tuviese un final. Un día me lancé y le hice una proposición:

—Tengo una idea, Fantasma. Dentro de un mes, el sábado veintidós de junio de 2019, es mi graduación y habrá una fiesta en el pub Merlín de Ontuelos. ¿Por qué no te vienes?

Hubo una pausa demasiado grande y temí haberle presionado. En pocos minutos la cinta se movía mientras él me grababa su respuesta, cuando mi hermana hizo una de sus bruscas apariciones.

—Oye, Dani. ¿Me dejas las tijeras?

—¿¡Cuántas veces te he dicho que llames antes de entrar!? —Me acerqué a la mesa para dárselas y que me dejara en paz lo antes posible.

—¿Cómo funciona este aparato?

En cuanto me giré vi que tenía la grabadora en su mano.

—¡Deja eso!

—¿Por qué no puedo verlo? ¡Estás obsesionado con esta cosa!

—¡Suelta! ¡No saques esa cinta! ¡Mierda!

Traté de volver a poner la cinta arrugada dentro del casete, la alisé lo mejor que pude y me tragué mil tutoriales sobre arreglar aquellos dispositivos… pero nunca más pude oír nada de lo que había grabado, ni por supuesto volver a comunicarme con Fantasma.

Me sentía solo y enfadado con el cosmos por haber jugado conmigo. Sabía que no estaba loco porque quedaban mis archivos de las canciones en el P.C. Como ya no podía perder nada, empecé a rastrear a cada Marc de Talma por todas las redes sociales, en busca de alguna pista, pero ni rastro. Fue el mes más triste, con las tardes más vacías y largas de mi vida. Echaba de menos a mi Fantasma consciente de que como tal ya no existía, pues ahora sería un tío de veintidós años que seguramente pasaría de un crío inseguro como yo.

¿Cómo fui tan idiota de no decirle lo que sentía mientras pude?

Y aquí estoy ahora, en la puerta del Merlín, vestido con mi mejor camisa, con la estúpida ilusión de conocer al chico del que estoy completamente enamorado.

Tomo aire y entro en el local repleto hasta los topes. ¡Vaya, hay música en directo! Por lo menos podré entretenerme con algo mientras mis amigos se ponen ciegos.

El barullo de gente baja de intensidad, la actuación del grupo va a comenzar.

Suenan unos acordes de guitarra que conozco al detalle… Entonces lo veo y caigo en que ya lo había visto antes.

La noche de San Juan, el veintitrés de junio de 2017, tal y como le conté a Fantasma, habíamos ido a visitar a mi abuelo a Talma. Le acababan de dar el alta después del primer infarto. En aquella casa no había un lugar donde disfrutar de mi soledad, así que me senté en los escalones del porche, que daban directamente a la calle, a escuchar música mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo.

—¡Hola! ¿Te puedo hacer una pregunta?

Un chico de pelo castaño alborotado estaba plantado delante de mí con las manos metidas en los bolsillos de una cazadora vaquera ceñida. Me sorprendió su profunda mirada de ojos negros.

—Claro, dime.

Titubeó, buscando la mejor manera de formular su pregunta.

—Nada, tío, perdona. Te había confundido con un amigo, pero tú eres… aún demasiado joven.

—Ah… Pues vale. —Iba a ponerme de nuevo los cascos, pero se quedó de pie, mirándome con un extraño gesto tierno—. ¿Puedo ayudarte en algo?

—No, gracias, seguiré esperando por mi «Alien» —dijo en tono misterioso. Levantó una mano, a modo de despedida, y desapareció calle abajo.

¡Aquel chico era Fantasma! ¡Había venido a verme! Y es el mismo chico que ahora interpreta el solo de guitarra en el escenario. Me ha esperado cinco años…
Levanta los ojos del instrumento y me atrapa con su sonrisa, sin dejar de tocar. Empieza a cantar. Escuchar su voz en directo es magnético. Me canta a mí. Yo susurro la letra que tantas veces he escuchado:

«No sé quién soy,
no encuentro mi lugar.
Me pierdo en el tiempo…»

Se levanta y se sienta en el borde del escenario, justo frente a mí. El resto de mundo desaparece de mi vista, a pesar de las caras de mis compañeros del instituto que flipan en colores con lo que está haciendo el tímido y rarito de Daniel.

Marc sigue cantando nuestra canción. Al fin llega a la última estrofa, la que habíamos trabajado juntos, y alguien me pasa una guitarra. Sin pensarlo, me uno a él, como el agua dulce de un río se une con la salada cuando desemboca en el mar. Juntos fluimos sobre nuestra melodía en perfecta armonía. Entonces él me deja tocando solo para dedicarme los últimos y nuevos versos:

«Ya sé quién soy,
encontré mi lugar.
Mi tiempo es aquí,
ahora y contigo»

Rasgó las dos últimas palabras, que se desvanecieron junto con el límite de mi razón, y nos besamos porque sí. Delante del mundo, sin complejos, porque nuestro amor era ilógico, alucinante, sin sentido y sin barreras. Nuestro amor era perfecto.

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